"Cuando abandone El Bulli habrá recorrido todos los rincones de su alma"
Ferrán Adrià ha conmocionado esta semana al mundo de la gastronomía con
el anuncio del cierre de su restaurante. El escritor Juan José Millás
se pregunta: "¿No es como si Las Meninas solicitaran un año sabático
para reflexionar?" Propone en este texto movilizar los sentidos para
viajar al templo del sumo sacerdote de la cocina.
Lo primero que debe hacer usted es buscar en el mapa una cala, de
nombre Montjoi, situada al lado de Roses, dentro del parque natural Cap
de Creus. Aunque usted sabe lo que es una cala (lo más probable es que
ahora mismo tenga una dentro de la cabeza), permítanos que se lo
recordemos: una porción de mar que penetra en la tierra dibujando la
forma de un seno (¡de un seno!) En la Costa Brava las hay a miles y son
el resultado de la acción obsesiva del viento y el mar sobre los
acantilados. Bastan unos siglos de Tramontana y oleaje para que
aparezcan milagrosamente estos pequeños retiros naturales rodeados de
vegetación y de mitologías.
Si usted no es completamente insensible, a medida que se acerca a la
cala, va desprendiéndose un poco de su vida anterior, como cuando
entramos en un templo y avanzamos por su pasillo central en dirección a
la morada de los dioses. Quiere decirse que está usted sufriendo una
pequeña experiencia religiosa, en el sentido etimológico del término.
En otras palabras, al desprenderse de los afanes cotidianos (tan
mezquinos por lo general), se ha sentido súbitamente unido (religado) a
algo que percibe como trascendental y con lo que quizá tuvo tratos en
una época remota de su vida. La experiencia, dadas las pocas
oportunidades que la existencia cotidiana concede a lo trascendente,
podría resultar turbadora.
Va usted a cenar, luego es de noche.
Mientras conduce su automóvil, la luz de la luna, que aparece y
desaparece detrás de la silueta negra de los pinos, lame su rostro al
modo de la lengua de un sol inverso, oscuro, frío, generador de
estremecimientos que aunque se manifiestan en este instante proceden en
realidad de épocas de su vida en las que usted era más receptivo que
ahora a las manifestaciones de la naturaleza. Al salir de una de las
curvas de la carretera, descubre que la luz de la luna se refleja
también en el mar, dibujando -más que una postal- su negativo, lo que
colabora a aumentar la sensación de recogimiento espiritual de la que
usted ya era víctima.
El caso es que acaba de llegar a cala
Montjoi, que ha aparcado el coche (hay quien atraca el barco), que ha
recorrido con un sobrecogimiento gradual los metros que le separan de
la puerta de acceso a una antigua masía transformada en convento, un
convento en el que oficia, durante seis meses al año, Ferran Adrià, el
mejor cocinero del mundo, el sumo sacerdote de la gastronomía actual,
el hombre que ha desplazado a Francia del lugar central que venía
ocupando, desde hace más de dos siglos, en el podio de la cocina
universal, el individuo, en fin, que tras ponerlo todo patas arriba
acaba de proclamar que El Bulli desaparece de la escena durante un par
de años para descansar de sí mismo y ver qué sale de esa siesta
hiperactiva. ¿No es como si las Meninas solicitaran un año sabático
para reflexionar y experimentar sobre sus pigmentos?
Y bien, está
usted sentado ya a la mesa, en compañía de la persona o personas con
las que haya acudido a este oficio de carácter religioso (una vez más,
en el sentido etimológico del término). Va a enfrentarse durante las
próximas tres horas y media (cuatro si su espíritu lograra entregarse
sin reservas) a un menú de más de cuarenta platos servidos con tal
sentido del ritmo y del orden que su sucesión implica la existencia de
una misteriosa gramática. De hecho, cada uno de los platos funciona al
modo de una palabra; todos juntos, componen un texto que tendrá usted
que descifrar a lo largo de la cena (o de su vida). Ahí viene el cactus
de margarita, ahí las cañas de mojito y caipirinha, ahí el pañuelo, ahí
la nieve-fizz, el té de uva y cassis, el camarón, el globo de
gorgonzola, el campari, las aceitunas verdes esféricas, los cacahuetes
miméticos... De vez en cuando, a modo de paréntesis o de punto y
aparte, se llevará la copa a los labios para introducir en el vaso
corporal una porción del caldo que usted mismo haya elegido, si no ha
bajado la guardia lo suficiente como para dejarse aconsejar por los
oficiantes.
Uno diría que los primeros platos son algo
diabólicos, incluso francamente perversos. Se comen con las manos,
cuyos dedos es preciso lamer continuamente para mantenerlos limpios.
Por otra parte, y dado que la cena comienza con unos cócteles que en
vez de beberse se chupan, es fácil caer en un movimiento regresivo. Si
se deja usted llevar, será tan dichoso como cuando, agarrado a la teta
de mamá, entraba en coma de placer. Ferran Adrià juega con los
alimentos de tal modo que un sentido sólo no basta para disfrutar de su
propuesta. Por primera vez en mucho tiempo (quizá desde la infancia),
uno siente que en el acto de comer, además del gusto, se movilizan
también la vista y el tacto y el olfato, incluso el oído, pues no
olvide que está disfrutando de la hospitalidad de un convento situado
en una cala secreta de la costa de un país que en esos instantes,
aunque sea el suyo, le es dulcemente extraño.
Y de este modo, sin
darse cuenta, se va usted haciendo mayor a lo largo de la cena. De
repente, aparecen los cubiertos, sí, el cuchillo y el tenedor, y con
ellos los sabores adultos de la caza. Pero no se apure, porque faltan
todavía quince o veinte platos y un par de horas durante las que irá y
vendrá de unas esquinas a otras de su biografía gastroemocional. Cuando
abandone El Bulli habrá recorrido todos y cada uno de los rincones de
su alma. ¿Debería o no debería ser obligatorio comer al menos una vez
en la vida en este restaurante? Lógicamente, sí. Incluso debería estar
subvencionado.
JUAN JOSÉ MILLÁS 31/01/2010